El Arrullo

Apuntes de un segundo encuentro 

Junto a Beatriz Malavé y Félix Baptista

 

El apagón. La tarde del jueves 7 de marzo la mayor parte del país quedó a oscuras luego del colapso del sistema eléctrico nacional. Fueron varios días sin luz y sin agua (o con muy poca agua); la caída de la red de telefonía pública y privada que iba y venía intermitente imposibilitaba la comunicación con familiares y amigos dentro y fuera del país.  A medida que pasaban los días y las horas, la incertidumbre y el desasosiego de fue en aumento ante la falta de respuestas de un gobierno que, ante la gravedad de los acontecimientos, nunca salió a la calle a proveer agua o alimentos a la población . Este gobierno ni siquiera ofreció consuelo. Sólo más censura y la promesa de más represión…

 

Semana y media después del apagón, puntuales nos encontramos Félix, Bea y yo en mi pequeño espacio de trabajo en Caracas. La invitación es sencilla pero urgente: encontrarnos para tomar café, conversar, movernos juntos, dibujar, compartir, estar.  Mientras se cuela el café comenzamos a echar los cuentos de lo vivido esos días. Reaparece la angustia por la computadora que se dañó debido a los bajones de luz, lo absurdo del precio en dólares de la batería; el trabajo parado, los ahorros que se desvanecen; recorridos por las farmacias en busca de medicinas para la tensión; el subibaja de escaleras llevando y trayendo agua; la protesta vecinal en la esquina dispersada por motorizados; la rabia y la desesperación de la gente.  Y también, la solidaridad…

El café y las galletas que trajo la Bea acompañan nuestra conversa que de la cocina se traslada al balcón. Les comento del entusiasmo de mi vecina por las 3 o 4 horas de agua que hemos recibido justo esa mañana; es decir, en vez de los 15 minutos de agua racionada durante el apagón. O, la hora diaria de ración que recibimos en mi edificio cualquier día normal.

Lo normal… ¿Qué es lo ‘normal’?, nos preguntamos, reunidos ahora entre las matas que amigos y familiares amorosamente cuidaron año y medio de mi vida en Santiago de Chile. Acostumbrados a vivir lo ‘normal’ como algo extraordinario, me hace mucho ruido que un hecho cotidiano, como el agua saliendo de los grifos, se celebre con tanto entusiasmo. Cuan distorsionada está nuestra percepción de las cosas luego de todos estos años de racionamiento, y de vida, en un contexto en el que la ‘norma’ dista mucho de otros lugares, otras ciudades, otros países.

Hace calor y el frío del piso nos llama. Sentados en la sala les hablo del acunarse como gesto que ha aparecido con fuerza en estos últimos días. Primero como parte de una sesión individual de mi consulta privada en DMT; luego, en una experiencia colectiva con alumnos y profesores de la familia Junguiana de la cual formo parte.  

¿Les provoca empezar por allí?, pregunto a mis amigos ya casi fundidos con el piso. Ambos asienten.

La partitura

 

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Foto: Félix Baptista

Acordamos convocar la palabra, la imagen, el gesto del acunar a un bebé en brazos para comenzar el trabajo.

Desde la consigna y como primer momento, cada uno toma unos minutos para hacer lo que necesite para entrar en la experiencia.

Como segundo momento, sugiero el formato de trabajo de Movimiento Auténtico, alternando en el rol de Movedores y Testigos.

 

 

Arrullo

Canto para adormecer a un bebé o a un niño. Prenda similar a una mantilla en que se envuelve a un niño pequeño para sostenerlo en brazos.

Soy Testigo…  Félix trabaja con ojos cerrados. Empieza de espaldas arrodillado en el piso, entonando un arrullo que apenas se escucha y al volverse hacia mí, comienza a explorar el gesto de sostener a un niño entre brazos. Lo mece lentamente, muy cerca de su pecho.  ¿Estará acunando a alguno de sus tres hijos?, me pregunto.

Desde su gesto mi mirada flota hacia las manos de Bea quien, también de rodillas, se  inclina en una posición que recuerda una reverencia. Reconozco y recibo con agradecimiento el gesto que suele ser parte de su ritual de inicio para entrar a la experiencia. No es la primera vez que la atestiguo pero si es la primera vez que nos movemos juntas luego de casi dos años.  Me conmuevo al estar en su presencia pues pronto mi amiga también se irá…

Me maravillan los momentos de sincronía que comienzan a aparecer casi de inmediato aunque ambos estén con ojos cerrados. Es una danza casi en unísono de dos personas que hace media hora apenas se conocían.

Al ser Testigo, Bea también se sorprende de los momentos de sincronía. Luego escribe:

Una vez más soy testigo de los moveres. Y la sincronía, no importa cuantas veces y en cuantos lugares ocurra (espacio/tiempo) siempre me sorprende. Atestiguar y ser parte de lo sincrónico me hace sentir viva, hago parte de la magia.

Durante varios minutos trabajamos casi totalmente en silencio. No recuerdo si media hora, un poco menos o un poco más. Nos vamos turnando para movernos y para atestiguar la experiencia de nuestros dos amigos/movedores intentando interrumpir lo menos posible la fluidez de lo que acontece. Al moverme, aparece una imagen que luego se hace gesto: un mar de suaves ondas que van y vienen mecen un botecito que flota en el vaivén.  De a poco comienzo a sentir que los tres nos vamos acunando, sumergidos en un arrullo grupal en el que nos abrazamos sin tocarnos.  

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Foto: Félix Baptista

 

 Aparece también una sensación que reconozco de experiencias anteriores y que, en mi, pocas veces encuentra palabra para describirla. Es como una densidad, un espesor que se va haciendo presente en nuestros movimientos y que ‘flota’ a nuestro alrededor, como si nos hubiésemos zambullido en otro espacio/tiempo.

Félix, nuestro último Testigo, nos recuerda que llegó el final de las rondas de movimiento. Poco después, la Bea y yo abrimos los ojos.

 

Trazando líneas

 

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Dibujo: Beatriz Malavé

 

Colocados en círculo entre creyones y hojas blancas de papel, comenzamos a trazar líneas, manchas, círculos, espirales. Formas de distintos colores. Dibujamos pero también tenemos muchas ganas de hablar de lo que nos pasó. Indetenible comienza a brotar la palabra.

Bea nos habla de su imagen en la que el espacio está lleno de manos que nos arrullan:

Las manos arrullan, tocan sin tocar, contienen, buscan dentro y fuera del cuerpo el hilo que nos conecta. Dejo caer mi cabeza y todo su peso queda sostenido por otras manos que también son las mías. Algo debe haber en las manos que tanto me (nos) llaman, en algún momento todos somos las manos y el espacio se llena de ellas

El hilo que conecta hace que emerja la duda, si lo que siente está adentro o pertenece al afuera:

Por momentos siento que vienen (las manos) a desatar y a calmar el remolino que vive dentro de mí. ¿O será el remolino dentro del que vivo?

Es a partir de su pregunta que volvemos a llamar a la ciudad, a Caracas. Ya no se siente arrullado ni sostenido por la ciudad, comenta Félix. Si el antes solía estar enamorado de Caracas, de su cerro y de todo lo que en ella pasaba, hoy en día la hostilidad y el peligro de una ciudad que se desploma la ha transformado casi que en un lugar de transito.  Félix nos muestra las fotografías que ha ido tomando de sus rincones, sus callecitas, sus contrastes, de los personajes que la habitan, como buscándola y tratando de recuperar la Caracas que fue, la ciudad de sus recuerdos, esa que le gustaba tanto.

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Foto: Félix Baptista

 

La ciudad se está marchitando, se lamenta. Y nosotros nos estamos marchitando con ella,  responde Bea quien tiene la sensación de que Caracas se ha convertido en un amor no correspondido. Me recreo en los recuerdos de esta ciudad a diario, pero no son suficientes.

Siento mucha ambivalencia al escucharlos.  Luego de un tiempo viviendo fuera del país,  me reencuentro con la Caracas cuya vegetación exótica y exhuberante se desborda y reclama sus espacios a pesar del concreto que intenta mantenerla domada.  Sus verdes son muy verdes, los naranjas muy naranjas… Cada color despliega su intensidad bajo la luz del cielo caraqueño. La luz. Les cuento de mis caminatas al parque y a la plaza en la que todas las tardes me siento a tomar aire y a ver a la gente pasar.  

También les hablo de cuanto me atemoriza la noche y los lugares solitarios…

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Foto: Félix Baptista

 

 

Bea escribe: “La sigo caminando a diario, me sigo enamorando de ella, sus (mis)(nuestras) sincronías me hacen sonreír y respirar. Y estos espacios dentro de la ciudad (donde el encuentro es posible, donde la magia aun ocurre) son pequeños pilares”

 

Poco a poco, desde este espacio tan íntimo construido por los tres, tan resguardado, tan nuestro, vamos trazando líneas que lo enlazan con la ciudad y el afuera; con ese otro espacio que muchas veces sentimos tan ajeno, tan poco protector, tan hostil.  En un abrazo grupal, sostenidos aún en la imagen de un espacio lleno de manos, que como una mantilla, nos envuelven arrullándonos, vamos transitando recorridos posibles hacia el afuera desde el cuerpo, la palabra, los gestos, desde los recuerdos, desde la fantasía de lo que creemos posible, desde las manos que extrañan a otras que ya no están, desde los brazos que necesitan abrazar, desde lo que aún nos ancla a la ciudad, de lo que nos agarramos para estar, para permanecer, de lo que aún nos invita a volver.

 

Varias noches después, sentada entre las matas de mi balcón, descubro un vaivén que me arrulla en silencio en la mitad de la noche.

 

 

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